praxis y territorio

El miedo también habitó nuestros espacios

Por Esteban Figueroa Navarrete

Pensar en el 11 de septiembre de 1973 es pensar en un momento en que algo cambió profundamente en la vida de las personas. No solamente cambió la forma de organizar el poder; cambió también la manera de mirar, de hablar y de habitar los lugares cotidianos. El miedo comenzó a formar parte de la vida diaria, hasta el punto de que un espacio conocido podía dejar de sentirse propio.

Una calle podía seguir siendo la misma, pero ya no significaba lo mismo. Una plaza, una escuela, un lugar de trabajo o una casa podían permanecer físicamente intactos, pero algo en ellos había cambiado. El silencio adquirió otro significado. Hablar podía generar temor. Reunirse podía dejar de ser algo natural. El miedo, de esta manera, no quedó solamente dentro de las personas, también comenzó a habitar los espacios.

Desde la mirada de la Escuela de la Praxis y la geografía1, esto puede entenderse a partir de la relación entre el ser humano y el mundo que construye. El espacio no es simplemente algo que nos rodea; es también el resultado de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de nuestra manera de vivir juntos. Cuando esas relaciones son atravesadas por el miedo, también cambia nuestra forma de habitar. Un lugar de encuentro puede convertirse en un lugar de silencio. Una calle puede transformarse en un límite. Una casa puede convertirse en refugio.

Y entonces aparece una pregunta que todavía incomoda: ¿dónde están?

¿Dónde están quienes dejaron de ocupar esos espacios? ¿Dónde están las voces que ya no pudieron hablar? ¿Dónde están las personas desaparecidas de sus propias calles, de sus trabajos, de sus escuelas, de sus barrios? Y también, ¿dónde queda el miedo cuando pasan los años?

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Quizás permanecen en los lugares. No como algo que podamos tocar, sino como una memoria que se queda anclada a los lugares. Porque los espacios también guardan lo que hemos vivido. Una calle no es solamente una calle cuando en ella existieron encuentros, despedidas, búsquedas o ausencias. Una casa no es solamente una casa cuando dentro de ella alguien tuvo que aprender a callar, a resistir el dolor y la inhumanidad. El territorio puede conservar aquello que la historia intenta convertir en pasado y algunos, ocultar bajo el pretexto del futuro.

La Escuela de la Praxis nos permite mirar esta experiencia desde otro lugar. Si el ser humano tiene la capacidad de pensar y transformar su realidad, la pérdida de libertad significa también una pérdida de esa posibilidad. El miedo consigue algo todavía más profundo que imponer silencio, puede hacer que las personas comiencen a limitarse a sí mismas. Calculamos antes de hablar. Miramos antes de acercarnos. Callamos en lugar de preguntar. Esto es, quizás una de las formas más dolorosas en que la falta de libertad se apodera de nosotros, cuando ya no necesitamos que alguien nos diga que tengamos miedo, porque el miedo comienza a acompañarnos por todas partes.

Por eso, recordar el 11 de septiembre de 1973 no debería significar solamente recordar una fecha. También significa mirar los espacios y preguntarnos qué ocurrió en ellos y con quienes los habitaban. Preguntarnos por las ausencias que quedaron en las calles, por las voces que fueron silenciadas y por la manera en que una sociedad entera aprendió a relacionarse desde el miedo.

Pero si el miedo puede transformar nuestra manera de habitar el mundo, también la memoria puede transformarla nuevamente. Recordar es volver a mirar esos espacios y reconocer que allí existieron personas, sueños, proyectos y vidas que no pueden reducirse a una cifra ni a una fecha. Desde la praxis, recordar no significa quedarse inmóvil frente al pasado. Significa pensar críticamente aquello que ocurrió y preguntarnos qué hacemos con esa memoria en el presente. Porque recuperar la libertad también implica recuperar nuestra capacidad de encontrarnos, de hablar, de pensar diferente y de sentir que los espacios que habitamos vuelven a pertenecernos.

Quizás por eso la pregunta “¿dónde están?” no debería tener una respuesta solamente geográfica. También es una pregunta por nuestra memoria. Por aquello que permanece cuando alguien ya no está. Por las huellas que quedan en un lugar después de que una vida ha sido arrancada de él.

Mientras sigamos preguntándonos dónde están, esos espacios no estarán completamente vacíos. La memoria los vuelve a habitar y frente al miedo que alguna vez quiso apoderarse de ellos, recordar puede convertirse en una forma de devolverles la voz.


  1. La Escuela de la Praxis fue un movimiento filosófico marxista y humanista que nació en Yugoslavia durante los años sesenta.