En una reciente publicación en la radio Bío-Bío, el Colegio de Ingenieros Forestales hace una decidida defensa de los monocultivos de pinus radiata. A través de su presidente, esta entidad profesional no discute una actividad económica con una inserción conflictiva en los territorios, como lo es el complejo forestal-maderero-papelero. Se va por algo más sencillo.
En principio, se plantea un tema aislado de contexto: el monocultivo en sí mismo. La entidad gremial señala que “el concepto de ‘monocultivo’ suele presentarse como si, por sí solo, fuera suficiente para condenar una actividad productiva” como “suele afirmarse en Chile”.
Arrancar con una falacia del hombre de paja nunca es una buena jugada. Es por ello que aquí ya observamos elementos discutibles. Defienden el monocultivo en abstracto, sin señalar las relaciones sociales en las que se producen esas plantaciones. Así mismo, asumen que la crítica es sólo a los monocultivos, y no al proceso económico en su conjunto, es decir, lo que implican y simbolizan socialmente esos monocultivos.
Claro, es difícil defender décadas de un mercado oligopólico y oligopsónico. Esas fallas de mercado, como le llama la teoría neoclásica, constituidas en nuestro país por las posiciones dominantes de la CMPC y Arauco. Dos holdings que concentran el mercado, regulan los precios, desincentivan el ingreso de nuevos actores y subordinan a los productores forestales de menor tamaño.
La entidad continúa, y señala que “cuando un país necesita producir alimentos, nadie cuestiona la existencia de monocultivos de trigo, maíz, arroz, viñedos, manzanos o cerezos”.
Aquí convenientemente se silencian los cuestionamientos hacia las condiciones laborales de la actividad frutícola y, por supuesto, ninguna mención a los conflictos socioambientales asociados al monocultivo de paltos en el centro-norte chileno. ¿Acaso no se acuerdan de Petorca?
También hay una omisión respecto al problema de la extensión de los monocultivos. En Chile hay unas 3.000.000 de hectáreas de plantaciones forestales, frente a 386.000 hectáreas de diversas plantaciones frutícolas. En ese sentido, podríamos poner sobre la mesa a la economía: por ejemplo, que las exportaciones frutícolas superan a las forestales. Ampliando el panorama, ya vemos que es más complejo que “el monocultivo”.
Señalan que no se ha reemplazado al bosque nativo: “una parte muy significativa de las plantaciones forestales se estableció sobre suelos previamente degradados o severamente erosionados. En ese contexto, la comparación ambiental correcta no es con el bosque nativo original, sino con el terreno existente antes de la forestación”.
Sin embargo, las investigaciones del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia concluyeron que, entre los años 2001 y 2019, un 38% de la pérdida de bosque nativo se debió a su reemplazo por plantaciones forestales.
Este mismo centro de investigación señala que, si discutimos la idea de monocultivo propiamente tal, también hay problemas. Aunque el Colegio de Ingenieros Forestales no lo incluya en su columna, hay amplias discusiones sobre el real aporte a la captura de carbono por parte de estas plantaciones. El ciclo de vida de los árboles es corto y tanto los incendios, las cosechas y el procesamiento devuelven ese carbono capturado a la atmósfera. Además, con los métodos de cosecha y los incendios se activan ciclos erosivos, contrariando la reducción “prácticamente a cero” que ellos sostienen. Lo mismo con la cuestión del balance hídrico y la disminución de la biodiversidad: son todos debates abiertos y documentados.
Otro tema gravitante de la columna en la radio Bío-Bío es la comparación con Nueva Zelanda, en la cual se asume, sin presentar evidencia, que allí funcionaría todo bien. Ese país tiene alrededor de 1.800.000 hectáreas con plantaciones forestales, principalmente de pinus radiata (90%), cuyo ciclo de vida es de unos 18 años. En Chile, esta especie representa el 58% de los cultivos, junto a un importante 36% de eucaliptos, cuyo ciclo de vida es 6- 7 años menor. Pero de esto, tampoco se dice mucho.
El argumento es tristemente célebre. Compararse con países desarrollados, omitiendo un montón de variables. Entonces, suena simple: si en Nueva Zelanda funciona, por qué en Chile no seguir haciéndolo. Pero esa es una trampa común, en la que cada vez caemos menos.
Aunque las condiciones ambientales permitan el crecimiento de especies en igualdad de años, esto no significa que el resto de las condiciones sociales y económicas lo sean. Compararse con un país de 5.000.000 de habitantes, con otra estructura social, con mejores niveles salariales y calidad de vida, hace preguntarnos si acaso nuestra idea de monocultivo se asocia más con la pobreza y la exclusión territorial que con una mayor riqueza para los pueblos.
Por supuesto, esto no quiere decir que en Nueva Zelanda sea todo color de rosa. También hay conflictividad socioambiental asociada a estas actividades. Recientemente, su gobierno nacional promulgó una reforma que aliviana la responsabilidad de las empresas en la protección y gestión ambiental y reduce la capacidad de planificación territorial por parte de los gobiernos locales. Ya se activaron las alertas en distintas comunidades.
Dicho todo esto, habría que preguntarse si efectivamente en Nueva Zelanda nadie discute el modelo forestal. Lo que sí está claro es que en Chile la protección ambiental y la responsabilidad social ha sido menor. Y esto no ocurre porque aquí el sector forestal esté en una etapa juvenil: son más de seis décadas de forestación en Chile. El gremio, sin notarlo, con esa comparación, evidencia que en este país la gestión social y ambiental de la industria forestal no está en los estándares necesarios para que sea defendida con semejante firmeza.
Las regiones con mayores superficies de cultivos forestales son Maule, Biobío, Ñuble y La Araucanía. Tres de ellas son regiones con graves problemas económicos. ¿Habrá algo que esté mal entonces? ¿Tendrá algo que decir una actividad económica que ocupa amplias extensiones de esas regiones? Va más de medio siglo donde aún se espera el anhelado progreso.
Creemos difícil de defender un modelo con décadas de apoyos estatales que no ha sido capaz de elevar los estándares socioambientales, las condiciones laborales, los sueldos o de contribuir al desarrollo de los lugares donde deja sus esquirlas. A pesar de que la dictadura se encargó de apuntalar este sector con una contrarreforma agraria, privatizaciones y subsidios que ya quisiera cualquier otra actividad, vemos que hay un problema social persistente.
Hay otros temas, pero implicaría extenderse aún más. A saber, la estructura oligopólica y la concentración de tierras, la problemática de los incendios forestales, la orientación hacia la producción de pulpa y no a la madera de grado estructural para construcción, o los debates en torno a las distintas alternativas a la producción silvícola predominante, basada prácticamente en sólo dos especies.
Cuando se defiende ideológicamente se cierran las oportunidades a otras posibilidades de recursos y producciones forestales (madereros y no madereros). En ese sentido, se entiende que el colegio profesional, la CORMA y diversos partidos políticos coincidan y defiendan hacer más de lo mismo.
La pregunta no es si hay que tener o no cultivos forestales. Eso es reducir la discusión al absurdo, como intentan hacerlo una y otra vez. Hay otra silvicultura posible, y en virtud de tantas décadas que se le ha permitido a este modelo hacer y deshacer, sin reportar grandes avances, quizá experimentar un cambio radical no sea una mala idea.
Ignacio